GATO

Como si fueran lunáticos, evito la compañía de las personas excesivamente cautelosas. Si el mundo estuviera poblado por ellos, no existiría el genio, la inspiración, no habría amor. La vida es como un anuncio de tampax, simpática, corta e irrelevante. Y en ella la seriedad, la prudencia y la madurez son ridículas e inadecuadas. O aprendemos una forma inteligente de mostrar rabia y pasión o seremos cabalmente iguales que un delfín o que una hormiga. Los sentimientos humanos tan devaluados por la religión y la psicología del s.XX, nuestras pequeñas o lorquianas miserias son lo único que nos hace Hombres. Contemporizar es empezar a morir, perdonar es querer poco. Necesitamos no ser tan condescendientemente tolerados, para espabilar.
La madurez es una chapuza, un parche triste y mal cosido que conduce a la amargura. Se nos educa para contener el sentimiento y evitar su exteriorización, habrá que dominarla y almacenarla para utilizarla más tarde de manera sintética: hay que fingir alegría, ocultar el enfado, omitir el deseo, la rabia, el hambre, hay que esconder la agresividad. La madurez produce ansiedad, neurosis e incluso cáncer. Algo peor: la madurez te afea.
Los niños viven en un estado de consciencia plena que envidio y admiro e intento replicar; atentos a lo que pasa, cada segundo, reaccionan con una naturalísima asertividad. Los niños, son pequeños psicópatas, creativos, divertidísimos, capaces de agredirte por una piruleta, dispuestos a entregarte impúdicamente todo su amor si les gusta tu pelo o como hueles. Los niños te abrazan con los brazos y las piernas. Los niños reconocen a la gente que vale. Ellos saben quién tiene swing…
Cuando se acaba la infancia, entramos en la cinta en movimiento del aeropuerto a ninguna parte, un trayecto en el que nos sabemos sujetos pasivos, como maletas, donde moverse no cambiara en nada la trayectoria ni el destino. Las preocupaciones y pavores por el futuro, la inquietud, el temor a la catástrofe son miedos fundados, realistas. Los males existen y todos nos van a ocurrir, uno por uno, sin remedio. Hay tiempo y espacio suficientes en la vida, para que las permutaciones de la fatalidad se ceben contigo, con la gente que amas y con cada uno de tus vecinos.
Se dice que la infancia es la patria del hombre: ¡regresemos!. Y así, amenizados, por las formas más burguesas de pataleta, por el “discreto encanto” de nuestros ridículos desajustes cotidianos, olvidaremos la muerte, el verdadero adiós, el desamor, la enfermedad, el dolor físico, la insignificancia, el declive que pronto vamos a experimentar.
Vivamos con alegría nuestro melodrama de poca monta en el cosmos, pero con gran propagación en nuestro barrio, entre amigos, entre títulos, másters, idiomas, bolsos de marca, complejos judeocristianos, pequeñas pasiones progresistas mal hilvanadas, viajes, y dolientes relaciones sentimentales donde nadie sabe con certeza donde están las llagas de los demás, aunque se intuyan cubiertas por variadísimos modelos de Inditex.
Escarmienta a la vieja egoistona que se te cuela a diario, dilata tus estúpidos problemas: ¡Volvamos a lo salvaje!: Abajo la universalidad, que el universo, pasa de ti _si vuela Madrid entera en mil pedazos, al universo, le da lo mismo. No leas a Kant, ni a Gandhi, imítalos, par de inmaduros y egocéntricos, histéricos de sus ideas y de la relevancia de sus biografías.
Aquí de lo que se trata es de olvidar lo que realmente pasa: NADA. La verdadera película de miedo, el nihilismo más atronador es este: Tanto cuidado, dadas las circunstancias, es de una ingenuidad soporífera. ¡No vivas de rodillas!, disfruta cada segundo del “monstruo” que hay en ti, lo único que en ti es Hombre.





